Aquella noche un enorme
resplandor despertó a Hitoma, en sueños percibió una gran culebra de fuego que
devoraba con ansia su casa ancestral. La Maloca ardía e Hitoma comenzó a gritar
para que su familia huyera de ese fuego devorador, de esa serpiente que no
dejaba de escupir fuego. Había que poner a salvo a sus hijos, a los hijos de
sus hijos, a las esposas de sus hijos y
a los espíritus de sus antepasados porque él sin ellos no era nadie.
Cuando todos estuvieron
fuera Hitoma clavo sus rodillas en
tierra mientras veía como se iba consumiendo el hogar de la palabra, la casa
ancestral donde los más jóvenes recibían los consejos para que fluyera su mundo
de vida.
Y aquello que habían levantado
generaciones de ancestros se consumía en un segundo, las hamacas para dormir, los fogones donde
cocinar, los alimentos de la cosecha, el resultado de la pesca y de la caza. Y
desde fuera Hitoma sintió que la serpiente devoraba su universo porque el fuego
no sólo engullía la maloca sino que demolía
todo su universo.
Así lo contaba Hitoma a todo el
que quisiera oírlo cuando aterrizó en el
aeropuerto, “vengo a devolverles la visita que nos hicieron allí por 1492 – respondió al Funcionario de aduanas que
miraba su tocado de plumas con recelo- y a que ayuden a reconstruir mi
maloquita”. Y así lo relataba a Alcaldes y funcionarios, “sólo necesito 6.000
euros y un ordenador que ustedes no
usen” y los alcaldes se dejaban poner el tocado de plumas y los funcionarios le
prometían un cheque y un ordenador.
Pero aún hoy, cuando han pasado
muchas lunas y has salido muchos soles los antepasados de Hitoma vagan por el Amazonas porque no
encuentran su maloca para poder reposar
su espíritu.