Me estiraba para quitarme el sopor de la mañana, aquel iba a ser un día de calor, de ese calor húmedo que tiene esta tierra que hace que respire cada poro de tu piel. Pero ahora todavía no, aquel sol aún no estaba en lo alto y una leve brisa meneaba aquellas cortinas de la que hoy era mi habitación.
El canto del pájaro, aquel trino tan vigoroso y a la vez tan débil, aquel piar que a mí me parecía la melodía de este continente verde y rojo. Salí de la habitación que daba al patio y busque al cantor, lo hallé en una esquina, debajo de una tejavana que le proporcionaba sombra, sí, estaba allí, encerrado en una rustica jaula hecha con pequeñas palitos entrelazados.
Acerqué mi mano blanca a aquellos listones hechos jaula y el cantor dejo de cantar. No tengas miedo, creo que le susurré, pero no me permitió acariciar su plumaje. Oí a alguien que silbaba y el pájaro volvió a trinar. Era un hombre joven y cuando aproximó su mano negra a aquella jaula el pájaro la dejó deslizarse suavemente entre su pelaje mientras seguía trovando, trovando cada vez más fuerte en un cántico lastimero que se oyó más allá de los muros de este recinto.
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