La chimenea de la Térmica escupe fuego sucio que impregna el aire. Allí está, elevándose majestuosa sobresaliendo entre todo y ante todo, como si de un dinosaurio moderno se tratara. Hace miles de años que se extinguieron pero renacen cada día, clavados en la tierra, inmóviles, riéndose de esos humanos a los que van a engullir, pausadamente, con el escupir de su aliento fétido porque el reptil colosal ha vuelto a resurgir, transmutado, para devorarnos con ese aire corrompido que emana desde sus recónditas entrañas.
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