Los soportales de la calle me resguardaban de la lluvia aquella noche oscura, pero no quise protegerme de agua que caía, por eso abandone el cobijo de un refugio seguro y corrí a la calle abierta, y al sentir el frescor del agua resbalando por mi cara comprendí que ¡por fin! era libre; por eso nunca quise volver al amparo de un lugar cubierto aunque fuera un día de aguacero
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